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Martín Onti: Herencia de familia

Muchas veces uno ve un niño pataleando caprichosamente en un parque y juzga de inmediato a la pobre criatura sin disculparse con la razón que debiera. En la inmediatez del momento, todos tendemos a rechazar el origen sin comprender que la herencia familiar es la causante directa de un comportamiento que tiene bases en la enseñanza que impone la sangre.
 
Dicho de una manera más coloquial, y paseándonos por la historia del fútbol, esas herencias afloran a la superficie cuando los equipos dejan ver sus esencias en situaciones límites. Un partido, medido en la suma de situaciones, actitudes y procederes, deja expuesto ese principio tan identitario con el que deberíamos saber convivir.
 
LaLiga en su punto final, y mucho antes inclusive, nos ha ido dejando pincelazos de estas pautas. Hacer memoria, toda a la que cada uno pueda acudir, nos referirá a verdades inmutables. Analizar a través de tiempo al Real Madrid, al Atlético de Madrid, al Barcelona y al Sevilla, por nombrar a las primeras cuatro instituciones que han estado aspirando a la conquista del título, es lo mismo que hacerlo con el Eibar, el Elche y el Valladolid en su angustiosa lucha por no descender.
 
Las reacciones que cada jornada nos demuestran los equipos españoles -que también es aplicable a todas las otras ligas del mundo- deja en evidencia la enseñanza básica de la educación de una familia. Sin pretender entrar en lo bueno o malo de una conducta, los resultados puede que hablen más apropiadamente para llegar a comprender la exposición de una idea.
 
Nadie en el contexto futbolístico podría rechazar dogmas establecidos y convertidos en realidad a través de la historia. De allí que el Madrid pueda dar vuelta un resultado cuando este está casi perdido; que el Atleti lo mantenga en esa convicción de Deportivo 1-0; que el Barça sucumba a la derrota en el minuto postrero de un partido; o que el Sevilla sólo se imponga ante adversarios de su misma capacidad de ilusión.
 
De la misma manera que la herencia de familia arrastra a aquel niño malcriado a dar berrinches incontrolables en el medio de un parque, algunos clubes transfieren al campo de juego la valentía o la cobardía, aprendidos en la cuna, con que asumen los desafíos. 
 
Se podrá hablar de propuesta amarreta en los colchoneros, de la soberbia que otorgan tantas Champions League a los merengues, de la mediocridad asumida en los del Sánchez Pizjuán, pero, jamás me gustaría ser identificado con quienes tratan su propia alma como si esta no existiese… A menos que de verdad no exista.
 

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